Cotté Lombardo

Historias de Primeriza: Solos en casa

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El jueves 26 de marzo fue el primer día que me quedé sola con Matías. Mi mamá ya estaba en su casa y mi pololo había decidido tomarse el posnatal que le correspondía, pero una vez por semana, hasta completar los cinco días.
Matías era tan, pero pequeño, sólo medía 47.5 centímetros, y al verlo tan indefenso, mi primera técnica fue hacer el menos ruido posible, para que no despertara. Si eso sucedía tenía que darle “pechuga” por unos 40 minutos. Pero eso en realidad no era problema, lo que sí era tema era caminar hasta su cuna. ¿Por qué? Mis puntos. Caminaba en cámara lenta para evitar el dolor. Pero la verdad es que tuve mucha suerte, desde las primeras semanas mi niño fue un reloj. Cada dos horas y media despertaba, tomaba “papa”, la muda y sueño de nuevo. Era un verdadero ritual.
Todo marchaba de maravilla, eran casi las siete de la tarde y la verdad, ya me sentía triunfante en mi primer día como mamá. Lo que no había previsto hasta ese momento es que Matías iba a ensuciar los pañales con algo más que pipí.¡Pucha que fue difícil limpiarlo bien sin quebrar sus patitas!
Después de haber superado esa experiencia creo que me desenvolví de mejor manera. A pesar de eso, añoraba que mi pololo llegara tipo 11 de la noche, para que se hiciera cargo de Matías, aunque fuera por algunos minutos. Necesitaba unos instantes para mí. Momentos de intimidad después de dos días en la clínica, rodeada de visitas. Y fue entonces que me vino un llanto incontrolable, que no paró por varios días. Por una parte estaba tan feliz, pero por otra sentía terror a quedar gorda y fea. Por varios días creí que ésa sería mi figura definitiva. ¡Pero no! Sólo era temores de primeriza. Con el correr de los días pude ver como mi guatita iba desapareciendo. Ya todo se veía mejor.

Historias de Primeriza: amamantar

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Después de lo emocionante y fuerte del parto, la enfermera me pasó a Matías y me dijo: “Ya mamita, ahora debes darle de mamar”.
¡¿Qué?!, ¿Cómo?” Yo no sé hacer eso”, fueron mis primeras palabras. Porque más allá de la maravillosa conexión que se crea al ‘darle pechuga’ a tu hijo; el temor te inunda cuando no tienes experiencia. Sin embargo, las palabras amables y alentadoras de la enfermera, me permitieron confiar en mis insintos. Con mi brazo izquierdo abracé a mi hijo y los estreché contra mi pecho. Con la mano derecha tomé mi pezón y lo coloqué en su boquita. Y ohhhh!!!! sucedió el milagro! Sus reflejos le permitieron succionar de inmediato. Fue impresionante… y extrañamente, un alivio para mi cuerpo.

Historias de Primeriza: ¡Ya nació!

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Fue maravilloso. Al fin todos los dolores tenían una recompensa, la mejor de todas: mi hijo ya estaba en mis brazos. Cuando mi ginecólogo recibió a Matías sentí que como por arte de magia que mi vientre se desinflaba. ¡Y era que no, si en un instante perdí alrededor de 5 kilos!
Después de tener a mi guagua sobre el pecho por algunos minutos, se lo llevaron para hacerle los exámenes de rutina, que gracias a Dios, salieron buenos. Mi niño había nacido sano… y hermoso. Seguir leyendo »

Historias de Primeriza:El parto

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foto:www.lasaludinfantil.com

El reloj marcaba las 8:15. Nuevamente me hicieron tacto y estaba con 10 centímetros de dilatación. Había llegado el gran momento. ¡A pabellón!. Rápidamente me cambiaron de camilla y me llevaron hasta otra habitación, donde un gran foco iluminaba el rostro de mi ginecólogo. A mi izquierda estaba la matrona, dándome instrucciones y a mi derecha mi novio, alentándome.

“A la cuenta de tres, tomas todo el aire que puedas por la boca, lo aguantas y pujas con todas tus fuerzas en la zona del periné, y luego lo botas”, me ordenó la matrona, mientras tocaba mi prominente barriga que estaba por desaparecer. Así lo hice, tomé aire y pujé con todas mis fuerzas. Fueron cuatro pujos antes de ver como saltaba meconio líquido a las manos del doctor, para luego sentir (sin dolor) como sacaban a mi hijo. El reloj marcaba las 8:43 de la mañana.

Como había salido con meconio, se llevaron a mi bebé de inmediato para aspirarlo, pero a los pocos minutos llegó en brazos de Felipe, su padre, quien lo puso sobre mi pecho, diciéndome: “Es hermoso, pesó 3, 030 kilos y midió 47, 5 cm”.

Mi hijo ya no era un sueño.  Matías Felipe  se tranformó en una realidad, la más hermosa y sagrada de todas. La aventura de la maternidad había comenzado para mí y cualquier dolor que haya sentido, ahora era sólo un detalle.

Pero como les dije, mi experiencia como mamá primeriza sólo estaba comenzando…. hasta la próxima semana.

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Historias de Primeriza: Preparto y contracciones

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Después de la falsa alarma y ya de vuelta en casa intenté tomar un plato de sopa, pero ni siquiera eso pude hacer. No sé si fueron los dolores de las contracciones que cada vez eran más fuertes o mis nervios por lo que vendría, pero no tenía ánimo de nada, menos de comer. Así pasaron las 3, las 4, las 5… toda la tarde soportando esas benditas contracciones que cada vez eran más fuertes y seguidas, que me acercaban al momento de conocer a mi hijo.
Alrededor de las seis de la tarde fui al baño porque las ganas de hacer pipí no me habían abandonado.Entonces, boté una sustancia pegajosa de color marrón…sí, el famoso tapón mucoso, que puede desprenderse una semana, o una horas antes del parto, como me ocurrió a mí. Ya era sólo cosa de horas.

Pese a la felicidad que me causaba imaginar la carita de mi bebé, no lograba controlar mi umbral de dolor, que cada vez era más intenso y frecuente. En mi fracasado intento por aliviar esas contracciones de 40 segundos cada 3 minutos, rezé mil oraciones, mordí toallas, apreté las manos de mi novio y practiqué ejercicios de respiración. Pero nada. A las 2:30 de la madrugada del lunes 23 de marzo volví a la clínica. En cuanto ingresé me hicieron tacto, otra vez, y efectivamente mis contracciones habían logradi su objetivo: “estamos en trabajo de parto, tienes dilatación cuatro. Te quedas”, me dijo el médico que me había visto la mañana anterior. Seguir leyendo »

Historias de Primeriza: Falsa Alarma

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*Por Cotté Lombardo

Era julio de 2008 y con 21 años, yo no tenía más preocupaciones que mi carrera (periodismo), mis amigas, mi familia y mi pololo. Acostumbrada a salir todos los fines de semana, a estudiar de madrugada y guiarme por mis instintos, mi vida de pronto dio un giro en 180 grados, cuando me enteré que estaba con un mes y medio de gestación. De salir todos los fines de semana, me transformé en una fiel seguidora de telecanal; de salir con mis amigas, me dediqué a buscar nombres para bebés, de tener un pololeo común y corriente terminé viviendo con mi pareja, y con el título de novia. Lo único que no sufrió cambios fue mi carrera, porque con panza y todo, saqué mi cuarto año; y ahora solo me quedan unos cuantos meses para ser una profesional de las comunicaciones.
Según mis antecedentes familiares y las experiencias de amigas, que ya habían sido madres, ésa debía ser mi última semana de embarazo, ya eran 38, pero mi hijo todavía no quería llegar al mundo. Los días pasaban y mi panza seguía creciendo, pero Matías no daba señales. Así, en medio del calor , los dolores de espalda y el nerviosismo propio de una primeriza, llegué a la semana 40. El recuerdo de aquel domingo 22 de marzo permanece nítido en mi memoria. Eran cerca de las 10 de la mañana y un leve dolor de estómago que, con el paso de las horas se transformó en un odioso síntoma premenstrual, que ni siquiera podía aliviar con analgésicos, me inquietaba. Seguir leyendo »

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